A los dos años el niño vive diariamente una gran cantidad de nuevas experiencias: corre, habla, juega, pregunta, aprende, etc. Al llegar la noche, aún no ha logrado asimilar toda esa avalancha de impresiones y por ello tiene el sueño intranquilo. A esto se le une que, a esta edad, aún no distinguen bien entre realidad y fantasía, y todo lo que se inventa durante el día le parece real por la noche.